Treinta años después de aquella sesión en la Liquid Room que ayudó a fijar el canon global del techno como liturgia futurista, Jeff Mills recaló en la Discoteca Metro de Bigastro como quien vuelve a un templo que ya no es el mismo. La gira conmemorativa del 30 aniversario no es un ejercicio de nostalgia: es un espejo incómodo. Frente a la memoria de un techno que se escuchaba como quien asiste a una ceremonia (atención, riesgo, pedagogía implícita), hoy el DJ es tótem, frontman y pantocrátor visual. Estrella de rock en cabina, gurú circense para una masa que baila en torno a su ubicación exacta, no tanto en torno a la música.
La noche en Metro comenzó con la proyección del documental que revisita aquella gesta japonesa de los 90: contexto, entresijos, opiniones, camaradería. Mientras en pantalla se evocaba el rigor y la ética de la escena, el público (que había entrado en tromba tras la apertura) corría hacia las vallas colocadas frente al proyector, pantalla que, paradójicamente, ocultaba la cabina. La escena remitía más a un concierto de Taylor Swift o a un showcase de K-pop que a una sesión de techno histórico: la carrera no era por escuchar mejor, sino por “pillar sitio”. El respeto por lo que contaban Mills y sus compañeros (la cultura techno en Japón, la disciplina, la construcción del relato sonoro) importó poco a una mayoría que berreaba cada vez que el protagonista tomaba la palabra, pidiendo “caña” como quien golpea la barra de un bar de madrugada. Entre charla y charla, la música subía de volumen como concesión pragmática al ansia.
Cuando sonó “The Bells” (himno inoxidable y arma de doble filo en la mitología millsiana) el griterío confirmó la sospecha: el fetiche sustituye al archivo. Pocos parecían interesados en la cartografía completa del productor de Detroit; la discografía extensa, los experimentos, la arquitectura rítmica más allá del greatest hit. Una pena: el legado de Mills es método, no eslogan. Pero no todo el mundo era así. Una buena parte del público se acercó para conocer de primera mano si era verdad todo lo escrito durante años sobre este DJ arriesgado y perfeccionista.
Y, sin embargo, cuando el documental dio paso a la acción, el maestro se impuso con la autoridad del oficio. Dos sesiones separadas por su lugarteniente en la gira, Norbak, que funcionó como bisagra generacional. A los platos (vinilo y también reproductores CD Pioneer), Mills exhibió concentración quirúrgica, economía gestual y una ética del trabajo que no entiende de edades. Con más de 60 años, conserva la actitud underground: disciplina, entrega y una pasión que, aunque menos volcánica que hace tres décadas, gana en paciencia.
El arranque dialogó con el espíritu de Waveform Transmission Vol. 1 y las primeras coordenadas de Purpose Maker: loops afilados, tensión sostenida, una narrativa que rehúye el subidón fácil. En la segunda sesión, el encadenamiento a dos pistas de la introducción de “Strings of Life” (del pionero Derrick May) fue un guiño de alta escuela: no tanto un homenaje explícito como una lección de continuidad histórica. El final, un derroche de punk bombo-beats, recordó que el techno nació como fricción y no como fondo de pantalla.
Entre 1995 y 2026 ha cambiado el paradigma de escucha. Las cabinas se han teatralizado; el DJ ocupa el centro visual incluso cuando la sala no lo requiere; la pista orbita la figura. Pero en Metro quedó claro que, más allá del ruido y la ansiedad por el clímax, el techno sigue siendo una práctica de resistencia estética cuando lo sostiene alguien que entiende su gramática. Mills no vino a complacer: vino a recordar. Y en esa tensión (entre la memoria de Liquid Room y la coreografía contemporánea del espectáculo) se jugó la verdad de la noche. Después siguió nuevamente Norbak que acabó con "Jaguar" de Aztec Mystic. Broche perfecto y tributo a la ciudad que vio nacer el techno, Detroit. La organización de Metro, de diez.
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