No es que el rap haya sido “corrompido” desde fuera; es que el sistema capitalista ha aprendido a hablar su idioma.
Hay algo profundamente sintomático, y por tanto preocupante, en la mutación reciente de ciertos sectores del rap español o más bien de los llamados géneros urbanos. No se trata simplemente de una deriva estética, ni de un relevo generacional que sustituye códigos antiguos por nuevos lenguajes. Lo que está en juego es una reconfiguración ideológica más amplia: la progresiva colonización de una cultura históricamente insurgente, pacifista y anticapitalista, por las lógicas del capital tardío y, en su fase más grotesca, por los discursos de la ultraderecha vendepatrias y lamebotas de Washington. Como si el viejo imperativo del “fight the power” hubiera sido reprogramado, sin resistencia aparente, hacia un cínico “fit the power”: adaptarse, encajar, monetizar.
Habría que reflexionar y realizar también autocrítica sobre los motivos de este cambio o ruptura que no debería ser achacado única y exclusivamente al bombardeo de propaganda en las redes sociales que más consumen los jóvenes en la actualidad.
Durante años (y esto conviene subrayarlo para evitar cualquier tentación de sorpresa moralista) el rap ha sido un terreno atravesado por tensiones internas que desbordan cualquier lectura ingenua de su potencial emancipador. No hay edad de oro incontaminada, ningún momento originario completamente a salvo de la infiltración de discursos reaccionarios. Desde sus primeras fases de institucionalización, ciertas corrientes del rap han vehiculado imaginarios profundamente machistas, consumistas o, en el mejor de los casos, encapsulados en un narcisismo estéril. No como anomalía, sino como síntoma: el capitalismo cultural no tolera espacios puros; todo lo convierte en superficie de inscripción para sus propias contradicciones. Y siempre, siempre fagocita todo lo bueno que genera la humanidad para vomitarlo como su reverso.
Ya en Estados Unidos, epicentro mitológico de la cultura hip hop, podían detectarse estas fisuras. La coexistencia entre la conciencia política de figuras como Queen Latifah y la obscenidad deliberadamente provocadora de 2 Live Crew no era simplemente una cuestión de estilos divergentes, sino la manifestación de un campo cultural en disputa. Incluso propuestas como B.W.A. (que pretendían apropiarse de un lenguaje de liberación femenina a través de la venta de su cuerpo a cambio de dólares) evidenciaban hasta qué punto los marcos emancipatorios podían ser rápidamente reconfigurados bajo la lógica del mercado, donde la “liberación” se convierte en otro nicho de consumo, desprovisto de su dimensión estructural.
Lo que ocurre en España no es, por tanto, una desviación exótica, sino una intensificación tardía de estas mismas dinámicas bajo condiciones específicas. Aquí, la deriva no se presenta tanto como continuidad orgánica de una escena, sino como resultado de un oportunismo acelerado: una generación de rapsodas que no heredan una tradición crítica, sino que acceden directamente a su versión mercantilizada. El rap ya no es un proceso de politización, sino un atajo hacia la visibilidad y, potencialmente, hacia la acumulación económica. En este contexto, el discurso se ajusta no a una ética, sino a una oportunidad, y en el peor de los casos a una tribuna más para la difusión de mensajes de odio.
La figura del rapero-especulador fascinado por el dinero rápido, las criptomonedas, los paraísos fiscales de baja intensidad como Andorra, no es una caricatura, sino un arquetipo perfectamente coherente con el espíritu de época. No se trata simplemente de codicia individual, sino de la interiorización de un mandato sistémico: si el valor se mide exclusivamente en términos de capital, cualquier otro horizonte se vuelve irrelevante o, peor aún, incomprensible. El resultado es una subjetividad que ya no necesita justificar su alineamiento con posiciones reaccionarias; le basta con presentarlas como otra forma de “éxito”.
Es en este caldo de cultivo donde la deriva ideológica adquiere una dimensión explícitamente partidista. El desplazamiento hacia posiciones de extrema derecha no aparece como una ruptura traumática, sino como una extensión lógica de un imaginario previamente vaciado de contenido crítico. Cuando el “yo” competitivo sustituye al “nosotros” político, la transición hacia discursos que glorifican la jerarquía, el orden y la exclusión se vuelve casi imperceptible. No hay traición porque, en cierto sentido, ya no queda nada que traicionar. El "yoísmo" ha navegado entre rima y rima durante años en el rap internacional, y en España no nos libramos de esa plaga.
Lo inquietante no es solo que estos discursos existan, sino que encuentren una resonancia creciente en una audiencia igualmente atravesada por la precariedad y la despolitización. La cultura que en otro tiempo funcionó como espacio de articulación colectiva se convierte así en un espejo deformante donde la frustración social no se traduce en crítica estructural, sino en resentimiento canalizado hacia abajo o hacia los márgenes.
De este modo, lo que podría parecer una simple acumulación de “malas prácticas” (machismo, consumismo, oportunismo) se revela como parte de una constelación más amplia: la progresiva neutralización del potencial crítico del rap y su reintegración como vehículo de las formas más regresivas del presente. No es que el rap haya sido “corrompido” desde fuera; es que el sistema ha aprendido a hablar su idioma.
El hip hop, en su matriz originaria, fue una tecnología cultural de resistencia. No solo un género musical, sino una práctica de autodefensa simbólica frente a la violencia estructural: racismo, pobreza, marginalidad. Su legitimidad no provenía del mercado, sino de su capacidad para articular un “nosotros” contrahegemónico. En ese sentido, el rap no era simplemente un vehículo de expresión individual, sino una forma de conciencia colectiva. Lo que hoy presenciamos en ciertos exponentes del panorama español es la inversión de ese principio: el “yo” hipertrofiado sustituye al “nosotros”, y la lógica del antagonismo se disuelve en la celebración acrítica del éxito individual, incluso cuando este se alinea con discursos que históricamente habrían sido objeto de denuncia.
La figura del “pseudo rapero” reaccionario emerge precisamente en este punto de fractura. No se trata de una anomalía externa al sistema cultural, sino de un producto coherente del mismo. El capitalismo contemporáneo no destruye las culturas disidentes; las absorbe, las vacía y las reinyecta como mercancía. En ese proceso, la estética del rap (su lenguaje, su gestualidad, su imaginario) se separa de su contenido político original y queda disponible para ser reutilizada con fines completamente opuestos. El resultado es una especie de simulacro: una forma que recuerda al rap, pero que ha sido desprovista de su dimensión crítica.
Es aquí donde la retórica reaccionaria encuentra un vehículo inesperadamente eficaz. El discurso ultraderechista, que tradicionalmente carecía de una estética juvenil convincente, logra infiltrarse en estos nuevos espacios culturales mediante una estrategia de camuflaje: se presenta como transgresión, como irreverencia frente a lo “políticamente correcto”.
Pero esta supuesta rebeldía es, en realidad, profundamente conservadora. No desafía las estructuras de poder; las refuerza. No cuestiona el capitalismo; lo celebra en su versión más descarnada. El éxito económico, la ostentación y la jerarquía social no son ya objeto de crítica, sino de glorificación.
Podríamos interpretar esta deriva como un síntoma de lo que Mark Fisher denominó “realismo capitalista”: la incapacidad de imaginar alternativas al sistema vigente. Si el capitalismo se percibe como el único horizonte posible, incluso las culturas que nacieron para resistirlo y combatirlo, acaban reconfigurándose para operar dentro de sus límites. El rap deja de ser una herramienta de crítica social para convertirse en un vehículo de integración simbólica: una forma de decir “yo también puedo ganar”, aunque el precio sea la renuncia a cualquier forma de solidaridad o conciencia colectiva. Aunque el precio sea el de traicionar a los de su clase social.
La apropiación del rap por discursos racistas y ultraderechistas introduce, además, una paradoja especialmente perversa. Un género nacido de la experiencia de descendientes de africanos y migrante es reutilizado para vehicular mensajes que atacan precisamente a esos mismos sujetos. Esta inversión no es simplemente irónica; es estructural. Revela hasta qué punto el capitalismo cultural es capaz de neutralizar incluso las formas de resistencia más arraigadas, convirtiéndolas en instrumentos de su propia reproducción ideológica.
La incultura de ciertos personajes con sus propuestas xenófobas atacan la cultura africana y latinoamericana, que son las creadoras de esa misma cultura.
Frente a este panorama, la pregunta no es tanto cómo “rescatar” el rap de esta deriva, sino si es posible reactivar su potencial crítico en las condiciones actuales. Tal vez la clave no esté en una nostalgia por un pasado idealizado, sino en la reconstrucción de espacios colectivos que permitan rearticular el vínculo entre cultura y política. Porque, en última instancia, lo que está en disputa no es un género musical, sino la capacidad misma de imaginar formas de vida que no estén subordinadas al capitalismo y sus expresiones más autoritarias bajo el dominio de las burguesías monopolistas.
Si el rap se convierte en propaganda del poder, deja de ser rap en el sentido político que le dio origen. Se convierte en otra cosa: un eco vacío, perfectamente integrado en el ruido de fondo del sistema. Y quizá lo más inquietante de todo es que ese ruido ya no nos resulta extraño.
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