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28.8.24

MaXXXine: terrordome en Hollywood.







La primera pregunta que deberíamos hacernos tras visionar la película es si MaXXXine, del audaz Ti West, nos puede sirve para asentir o para desestabilizar ideológicamente el sistema de Hollywood, como diría el escritor y periodista Rafael Chirbes en una de sus publicaciones. No podemos olvidar que la meca del imperialismo cinematográfico es otro protagonista principal, aunque metafísico, y maneja a su antojo a esos seres que incluso de manera sangrienta tratan de escribir sus vidas lo mejor que pueden, creyendo en un futuro personal mejor, aunque realmente, y sin tener con conciencia de ello, únicamente pueden tomar algunos apuntes a pie de página de su propia obra vital.


El cierre de esta colección (trilogía) meta cinematográfica es una de las señas de identidad del director, porque trata de restituir a esas gentes que se buscan la vida intentando abrirse camino en la jungla de asfalto. Si rebobinamos, otros personajes ya padecieron esa enfermedad de la precariedad, véase la película Cowboy de Medianoche, de 1969. Ser "chapero" o estrella del porno es la metáfora con más o menos puntería de lo que en términos marxistas denominamos venta de nuestra fuerza de trabajo. En este caso, la carne y los genitales para encumbrarse a lo más alto de la fama. Es lo que desea Maxine, la protagonista del filme, ser famosa mediante la coartada del cine.

Y con ese hilo conductor, pero sin establecer un análisis crítico en las formas y moral de esa búsqueda, West, realiza un notable repaso de aquellos (cada vez más lejanos) años 80, que en plena era Reagan y a modo de ficción, muestra desde un punto de vista pop, la cultura e idiosincrasia de aquellos años, donde la ley del más fuerte y el más competitivo se establece en el auténtico marco de juego. Unas reglas, por cierto, que ya pasan factura en esa decrepitud capitalista. La estética del filme es el universo gore ochentero, las snuff movies, y cine giallo como referencias directas, pero para las masas.

Lily Collins lo explica genial en su papel; tiene suerte de seguir rodando películas aunque no sea con papeles protagónicos, porque lo importante es pagar el seguro médico. Pregunta: ¿Hay algo más aterrador que eso?

El manejo del montaje y el ritmo en la película es de alguien que sabe que tiene talento e intenta que lo sepamos. La primera mitad de la película es apoteósica en ese aspecto, así como el uso de la música y los sonidos (donde el cine de terror sufre menos prejuicios en cuanto a experimentación). La selección de las canciones es perfecta y sin coger especial importancia, describen fielmente aquellos años, circa 1985.

Lo que más destaco, además del montaje y la música, es el guiño humorístico (sin rozar lo absurdo y la parodia) de todos los tributos que acontecen mientras se desarrolla la trama. Hay mucho simbolismo en cada secuencia, como por ejemplo cuando las cintas de VHS en el videoclub son salpicadas bruscamente de la sangre de uno de los actores secundarios. En mi opinión es la representación del asesinato de esa cultura del videoclub. Aparecen transeúntes disfrazados de Chaplin o Keaton.

West acierta en el casting. La protagonista Mia Goth parece haber nacido para rodar esta película. Su interpretación es descomunal. En cuanto al resto de interpretes la mayoría están cercanos a la excelencia a pesar de su escaso desarrollo psicológico. Mención aparte merece Kevin Bacon, un actor superlativo que construye un hito sobre la personalidad de un detective chusco y sin escrúpulos, amante de lo zafio sin saberlo, y con querencia por la buena vida pero que hace exactamente lo mismo que Renfield sirviendo a su amo. Aunque en vez de comer cucarachas bebe bloody mary. Verle actuar con su vestimenta invita a recordar una versión ácida y mugrienta de aquel detective con la nariz rota en Chinatown.


Su desaparición de la trama es sublime, pero más aún esa reyerta de retazos cinéfilos cuando persigue a la protagonista hasta el decorado de uno de los remakes de Psicosis. Es uno de los momentos delirantes de la película, aunque para llegar a ese éxtasis antes hay que ser cinéfago. De lo contrario, el carisma de la película puede desaparecer a los primeros compases.

Otro momento a destacar es cuando la protagonista acude a una discoteca de la ciudad angelina. Es una de las mejores secuencias de esa temática que se han rodado. Los ambientes y la música siempre son rodados de forma "cutre", sin el alma y la efervescencia que se generan en esos lugares tan especiales. El uso del la luz estroboscópica como parte de la estética es perfecta. Y si le añadimos que la canción elegida es "Welcome To The Pleasuredome" de Frankie Goes To Hollywood, todo cuadra a la perfección y eleva a categoría de arte esos momentos de diversión. Esa secuencia estaría a la altura de la discoteca del capitulo japonés de Babel de Iñarritu, el concierto de Bauhaus en el inicio de El Ansia, o el after post punk de Jo, qué noche. Lo que ocurre después más que placer es puro terrordome, como pocos años más tarde rapearían Public Enemy. La pincelada sonora de New Order con "Shellshock" significa que el director no es un garrulo con aspiraciones de posmodernidad. Está bien asesorado.


Lo peor: el final de la película donde readapta, a su manera, a De Palma mediante una crítica zafia al fundamentalismo mesiánico y ultraconservador, hilo conductor de la película. La sobreactuación (queriendo o no) del reverso antagónico de Maxine, es puro vertedero. Mejor que no hubiera descubierto su rostro porque su pésima interpretación (incluyo a su pandilla de chalados ultracatólicos) acaba con una especie de ajuste de cuentas a lo Charles Bronson o inspector Callahan.

En definitiva, esa marea de revisiones atractivas sobre aquel otro cine, no es más que la necesidad de la industria del cine de readaptar y homenajear a esos trabajadores en EEUU que desarrollaron sus carreras en aquellos años de conservadurismo y de reverencia a la farlopa.

Nota: 6.5/10





18.6.24

Acerca del uso del ruido en la música popular



Acerca del uso del ruido en la música popular es el título que he elegido para esta especie de reflexión, algo diferente a lo que podríamos señalar como un pequeño artículo. He buscado el tiempo que no tengo porque la temática me obsesiona desde hace varios lustros. Y porque la apuesta de largo del autor (tras décadas escribiendo sobre música y cultura) bien lo merece. Bien, se trata sobre la reciente publicación en Alpha Decay de Un cortocircuito formidable: de los Kinks a Merzbow: un continuum del ruido, libro del crítico y divulgador cultural (i altres coses mésOriol Rosell

Este acercamiento a la historia del uso del ruido en la música popular y la experimental, consta de 235 páginas (si no me equivoco) y debería cortocircuitar los prejuicios de la gente acerca de los ruidos (siempre con connotaciones negativas y opuestas a la música). Incluso a los que detestan profundamente cualquier tipo de ruido. Desconozco si esa era la idea original, pero desde el inicio, incluido el más que correcto (por definitorio y sintético) prólogo de Javier Blánquez, hasta el último capítulo, se nos avisa de que esta publicación no es un trabajo exhaustivo sobre el tema en cuestión. Algo que agradecerán los que llegan a él desde el desconocimiento pleno de ciertos estilos y corrientes musicales, que por otra parte, están alejados del público (incluido el más joven). 

Mi percepción es que aún así, sí que explica de manera sencilla y clara (para las masas) cuales son las bases del marco teórico y práctico que incitaron a que en el pasado siglo (en sus inicios) el uso de sonidos atonales, estridentes y nunca antes considerados música, sirviera a ciertos proyectos musicales (académicos, populares y experimentales del submundo underground) como una vía correcta de expresión, aunque solo fuera a un nivel meramente estético. Y lo complicado del asunto es que esa aparente claridad arroja luz, más que dudas, en este proceso gnoseológico con forma de pequeño libro. Y eso es todo un logro.

Desde un punto de vista que podríamos considerar de acracia lúcida, los derroteros que sigue Rosell en el libro son los de mostrar ciertos aspectos nodulares, y diría también que azarosos, de lo que a la postre sería el fenómeno y referente contracultural más destacado del siglo XX, el ruido como elemento creativo, de comunicación, y de arma arrojadiza en el arte. Lo más destacado para él, y no desde un punto de vista únicamente estético, desde el subjetivismo (obviamente) con fundamento, es que repasa momentos que cambiaron la historia de la música reciente, con discos y nombres de referencia, en un sentido amplio, que gustará seguramente a los neófitos y amantes del pop y el rock más minoritario. 

Lo que resulta paradójico es que un libro (necesario y ameno) como este, se publique en un tiempo que en mi opinión podría considerarse como el de la resaca del noise. Ya que su época de esplendor, al menos a nivel popular y contracultural, al margen de lo académico y aparentemente serio, abarcaba la última parte de los años 70 del pasado siglo hasta la mitad de los años 90, cuando ya los sonidos más ruidosos (por ejemplo en el ámbito del rock) estaban tan familiarizados que en los bares la juventud sónica escuchaba a grupos de rock marcadamente ruidosos sin que nadie se "tirara de los pelos". Algo que ahora sería impensable en la cada vez más aséptica música pinchada en los "locales de marcha". En cierto modo, y permítanme la expresión, "vamos como los cangrejos". 

Es más, en El ruidismo como realidad sonora: la rebelión contra el arte burgués, publicado en la revista digital Sul Ponticello el 7 de mayo de 2015, un artículo que escribí y donde di rienda suelta a mi pensamiento en ese momento sobre el ruido, su uso como herramienta para el arte (ruidismo), y las consecuencias directas e indirectas que tiene según su uso (más allá de lo estrictamente musical),  recibí ciertos comentarios de músicos de los 80 que participaron de ello de manera protagónica, y de manera crítica, alegando que eso del ruidismo como concepto de arte en la música y de expresión social y generacional ya estaba más que superado. Y que debería ser condenado al rigor mortis. Esa subjetividad repleta de prejuicios (por motivos que desconozco) no era para nada creíble. Pero no porque no tuvieran parte de razón, que la tenían, sino porque hasta la última coma olía a derrotismo.

En el primer párrafo de ese artículo escribí lo siguiente: "La finalidad del ruidismo como movimiento estético y "musical" consiste en la oposición a los atractivos de las formas sonoras ya hechas de antemano, las consideradas como tradicionales. Pero deberíamos preguntarnos si en la actualidad el ruidismo como género contundente y visceral por antonomasia es aún el gran movimiento de reacción capaz aún de cambiar la música". 

Casi una década después, no cambio ni una coma. Y lo mejor, nueve años después se publica este imprescindible y atractivo libro, que ni es libelo (lo que dirían sus críticos), ni una enciclopedia (ni falta que hace), ni un testamento de algo caduco y muerto. Todo lo contrario, es una guía (ciertamente incompleta y puede que imperfecta en algunos aspectos) con una visión alternativa, muy global, y nada sectaria (todo un acierto), que ayudará (yo diría que iluminará) a algunos a quitarse el pasmo que la élite cultural dominante ha instalado en sus cerebros desde bien niños. En realidad, este libro está publicado "a contrapelo" contra ciertas modas actuales que con sus latigazos etéreos y de sobredosis de acoples y reverbs de bubblegum, nos empalagan hasta la saciedad. Lo acertado de la óptica elegida por Rosell es precisamente esa, la de no arrinconar aún más un estilo (o varios, porque son muchos) o más bien una manera de usar el ruido, que ya de por sí, está encarcelado en las mazmorras de lo minoritario. 

Así pues, mis sinceras felicitaciones al autor por escribir y condensar todo su pensamiento de años al respecto del todopoderoso ruido infiltrado en las músicas populares. Y también a Alpha Decay por sacarlo a la luz y no permitir que estuviera en un cajón guardado o en el mejor de los casos, escrito para una minoría en algún fanzine (imagino) de corto recorrido en la distribución.

El libro es muy ilustrativo de lo que fue esa corriente (muy diversificada y en ocasiones antagónica), y desbroza la tradición noise desde sus orígenes futuristas (acertadamente propone como piedra angular a Luigi Russolo) hasta el uso de la música popular de las estridencias atonales, la música industrial, el llamado japanoise y la electrónica más ruda y anti melódica. La conexión está ahí, Oriol Rosell la muestra en sus seis capítulos (incluido el epílogo), y es todo un acierto frente a las visiones sesgadas y estanco que ciertos gurús de la crítica musical (principalmente de la electrónica) han ofrecido habitualmente desde hace años. Pero la realidad es tozuda. Más aún, la verdad es revolucionaria. Y este libro tiene mucho de verdad.

El nexo aparentemente inexistente entre El arte de los ruidos de Luigi Russolo, Pierre Schaeffer, The Kinks, MC5, el Lou Reed de Metal Machine Music, Throbbing Gristle, Monte Cazzaza, Emil Beaulieau, Hijokaidan, Boredoms, Masonna, Hanatarashi, Toshiji Mikawa y Earth, es irrefutable. Un cortocircuito formidable defiende esa tesis, que en mi opinión es acertadísima.

Pero no me sorprende, ya que desde hace años conozco la posición de Rosell acerca de estos temas, y también de que estaba "rumiando" la idea de publicar un libro introductorio y total sobre las distintas propuestas sonoras y acercamientos al ruido como elemento primario para la expresión. 

De cualquier modo, este acercamiento  transversal y anti sectario es arma contra las mentalidades obtusas y cuadriculadas, donde la historia del ruido en la música (que no la historia musical del ruido) explica mejor que algunos historiadores revisionistas y positivistas, el pensamiento y el devenir sociocultural de los últimos cien años, a través de unas músicas (perdón he dicho música) que de forma oculta y soterrada nos han acompañado (cuando rompían el silencio impuesto de la dictadura capitalista) sin que nos diéramos cuenta. Este libro, que os recomiendo encarecidamente, es muy didáctico, nada neutral (afortunadamente), algo denso por la cantidad de información y de nombres desconocidos para el gran público, pero muy ameno. 

Con un estilo certero que aparca saturaciones hipster impostadas y traídas de la tierra de las barras y estrellas, el libro ayuda al común de los mortales a desentrañar los tipos de propuestas diferentes que algunos grupos y artistas han desarrollado en sus contexto histórico y cultural. 

En los años 60 del siglo pasado The Kinks (interesante inclusión del grupo británico en este libro sobre ruido que alertará a los adictos radicales del japanoise), los escoceses The Jesus & Mary Chain, (icónica banda del indie rock), o Masami Akita con su heterónimo Merzbow (todopoderoso dios del ruido para el público más generalista). 

¡Importante! 

Esto significa que no es un libro sobre japanoise, y demás subgéneros radicales del noise más crudo. Gustará tanto a los más eclécticos y anti talibanes amantes del rock menos anquilosado, como a los completistas de discos de William Bennett y sus compañeros cabrones de viaje ultra noise rock. Porque en definitiva, quien piense que en un libro no puede compartir páginas Kevin Shield, Throbbing Gristle o Whitehouse, es que no tiene ni idea, independientemente de lo que se piense de las producciones musicales de los artistas citados. 

Repito, no es un libro de ruidismo (ese concepto-definición de los años noventa que tanto amo), sino del uso del ruido como elemento creativo tanto en la música popular (contracultural o no) como en la académica (vanguardista o no). 

Es cierto que no soy crítico cultural, ni articulista, ni prescriptor, ni columnista, ni entrevistador. Aunque he ejercido en algunos momentos de mi vida de todo ello, pero quiero que sepan que para quien les escribe, el ruido es un ineludible sismógrafo de la época imperialista industrial y postindustrial, que oscila desde el último tercio del siglo XIX hasta la actualidad. 

La cuestión es que ese recorrido de la música y el ruido, que incluso genera la propia sociedad interactuando en la naturaleza, y de ¡la propia naturaleza! (más ruidosa aún que el mundo urbano que generamos la humanidad), ha sido apartada durante décadas, incluso censurada como algo aberrante y degenerada. 

Por mi parte, el noise, ruidismo, o como queráis denominarlo, más allá del uso fagocitado del pop y del rock de la industria musical, es más necesario que nunca. Y aunque ha sido usado a nivel estético por gentuza fascista (que levante la mano el género musical que esté libre de grupos y música nazi), o por gobiernos autoritarios y dictatoriales (ráfagas de ruido contra manifestantes en la calle o presos encarcelados), el ruido es más que liberador, es simplemente un elemento natural más de nuestro mundo. Por cierto, sobre la cuestión del ruido como elemento represivo contra las masas revolucionarias, mi amigo Kamen Nedev podría realizar un master al respecto. No tengo duda de ello. Sin contenido político de lucha contra el poder, las propuestas noise aparentemente más viscerales, son inanes, inofensivas, y hasta cierto punto ridículas (en el mejor de los casos).

Como hijo de obreros y como obrero ocasional durante algunos años de mi vida, lo que para cierto tipo de gente es algo estridente, molesto (por atonal, anti armónico y arrítmico) para mí, el ruido (la mayoría de ellos) es la banda sonora de una clase social (la mía) que no se perturba con los decibelios "gruesos". Encuentro en ellos más musicalidad (perdón por describirlo así) que en ciertas partituras de compositores clásicos y populares. Algo muy Russoliano, por otra parte. Partiendo de lo que la gente considera ruido (algo molesto e insoportable a nuestros oídos), un pasodoble militar es para quien les escribe mucho más insoportable que los sonidos de una depuradora a pleno rendimiento, o una línea de producción de botellas de cristal para zumo (donde estuve trabajando durante un buen tiempo).

Lo que conocemos como noise es la antítesis de la tradición, y lleva años dando muestras de que es algo más que una dicotomía entre formalismo y antiformalismo, algo de lo que tal vez no se parte en el desarrollo de los capítulos, no le interese o tampoco sea operativo (a nivel ideológico) para el autor. 

Tal vez es que al deglutir el libro en un par de días, no he percibido "ese más allá" que esa dicotomía. Pero lo que queda muy claro es la intención de Rosell de mostrar este universo cuasi paralelo, como una manifestación cultural con un concepto del universo sonoro incompatible con la oficialidad y el orden inoculado en cada uno de nosotras y nosotros. 

La cuestión es si todo esto ya ha quedado caduco, puesto que el sistema económico capitalista, con su orden cultural y su ideología dominante, se ha apropiado (destruyendo toda la parte subversiva y abrasiva) de todo lo que representaba el noise como antítesis al poder establecido. No hay más que escuchar los ruidos domesticados de ciertas producciones comerciales de pop y R´N´B. Es ahí donde la "esencia" del ruido desaparece por el alcantarillado porque se empasta con la melodía. 

Si es melodía, no es noise. Digo esto como frase lapidaria, para sintetizar de forma radical mi filosofía sobre estas cuestiones, y para dejarlo claro. Por eso, los oyentes, mayoritariamente pueden aceptar ruidos en las producciones de música pop (no en el sentido de popular), pero nunca escuchar más de un minuto la saturación ruidosa e irritante atonal y anti armónica de un sonido que se eterniza durante minutos, o incluso horas. A no ser, por cierto, que se acompañen de imágenes en una proyección, o una película. Pero eso es harina de otro costal y que merecería otro artículo. Os pregunto: ¿Dónde están los sonidos ásperos, marcadamente sucios y molestos en esas producciones aparentemente super avanzadas? Enterrados, la industria musical no los permite. Que os quede claro. 

El conflicto estético, más que simpleza formal, lamentablemente no nos llevó a situarnos en ese motor de la historia llamado lucha de clases, en un sentido creativo y de organización, que nos debía llevar a un cambio transformador, que imagino es a lo que la gente decente aspira toda su vida. Al final, y aunque me cuesta escribirlo años después, el objetivo y resultado de una parte (no todos) de este tipo de propuestas (por muy radicales que sean) ha consistido en desorganización y destrucción derrotista, con una única finalidad que se sustentaba finalmente (y a niveles prácticos) en una oposición sin transformación, en un individualismo sin más poder que el de representar la angustia dentro de un sistema económico feroz y asesino. 

Mayoritariamente los músicos que hemos usado el ruido como herramienta compositiva y de expresión, hemos caído en algunas ocasiones en esa corriente mayoritaria. Es normal, en el mundo de la contracultura musical, también existen ideologías "dominantes" subterráneas que se manifiestan paralelamente a la mayoritaria y auténticamente dominante. 

Y el resultado es lo que tenemos, el noise como tradición (quien lo iba a decir) y elemento de estudio, y la fagocitación de sus premisas estéticas por los que siempre fueron, son, y serán nuestros enemigos (de clase). 

Partiendo de las palabras finales de Rosell en el libro, pero con otra idea similar, definitivamente considero que hay que seguir luchando aunque se fracase, porque al final llegará la victoria. Porque el ruido sí podrá vencer, saltando por encima de sus mil fracasos. De eso estoy seguro. Al menos, con este libro ya tenemos una batalla ganada. Ahora toca ganar la guerra.

Vivan los ruidos. ¡Larga vida al noise!

21.6.21

Erizonte. Escultura sonora por la libertad. Tributo a OPS.



La obertura creada por Erizonte ya nos avisa de la carga de profundidad de "Sonidos en el silencio", (título que viene de un corto "La edad del silencio" corto animado de 1978 dirigido por Gabriel Blanco.

Con ese ambient fantasmal y tenebroso que emana desasosiego, forma una especie de azote de pensamiento crítico, de esos que durante décadas ha generado el maestro Ándrés Rábago (Madrid, 1947), antes como OPS  (significa abundancia en la mitología romana) de su época antifranquista (el caso del que trata este sincero tributo) y ahora como El Roto en tiempos de democracia (burguesa). Muy en la línea nuestro ilustre Goya. 

Sinceramente es un lujo poder escuchar las colaboraciones que Julián Sánz Escalona ha ido conformando con el tiempo en este ecléctico pero uniforme disco conceptual que merecidamente ha sido parido en forma de vinilo (con anticipos anteriores en formato CD). Álbum colectivo impulsado por el propio Julián. 

Los colaboradores son un aluvión de músicos históricos de la música experimental y underground.

Impagable la participación del mítico dúo Mecánica Popular (Luis Delgado y Eugenio Muñoz), pura historia de la vanguardia sonora de la España de los 80. La lista es exquisita. Nombres de culto de la escena, pioneros que nunca dilapidaron su ingenio y creatividad. La Fura Dels Baus (con Miki Espuma como compositor), Los ya desaparecidos Macromassa (uno de sus miembros, Víctor Nubla, falleció en marzo de 2020, y el disco está dedicado a él), el grupo post post punk Mar Otra Vez (reunido para la ocasión después de décadas sin actividad), Esplendor Geométrico (más laboriosos que nunca), el maestro de culto Pelayo F. Arrizabalaga junto a Eli Gras (uno de los talentos de nuestro país), Scud Hero (protagónico en la electro rock de principios del presente siglo), y Javier Corcobado, que cierra el ciclo de colaboraciones que Escalona, bajo su alias de Erizonte, ha edificado, dotando de una música onírica y pensativa, el trabajo como agitador de conciencias que OPS encarnó durante años. 

El disco es un antídoto contra el efugio vital imperante en estos tiempos de manipulación e individualismo. Siguiendo esta idea, esta oda efusiva, derrama vitalidad, muy superior a la mayoría de trabajos que suelen publicarse. Vitalidad con actitud (en su vertiente crítica del sistema) de gran eficacia. Siendo una apuesta arriesgada en eso de publicar obras sonoras con mensaje, algo tan anómalo hoy día. Los músicos citados emplean sonidos e instrumentos que engarzan formas nuevas (o no tanto) de expresión, enhebrando una especie de banda sonora que desaturde nuestras mentes abarrotadas de pensamientos nefastos. 

Sin esnobismo alguno, con sinceridad y verdad en cada hueco del pentagrama, se esparcen con agilidad y sabiduría toda una serie de conceptos que eran fórmula artística de Rábago, casi regla inamovible que servía para explicarnos el mundo que nos rodea. 

La explotación, la manipulación, los diferentes tipos de opresión, la importancia de la educación, el papel desastroso de la Iglesia como inoculador de sometimiento y sumisión, el poder del miedo, la mejor de las armas, nuestro universo de humor negro, y nuestro espíritu de superación ante los obstáculos. La represión en todas sus formas es lo que vertebra este álbum que se convierte en otro artefacto más de los artistas y músicos españoles que siempre han defendido la libertad. 

Este disco, en su intrínseca concepción es una bofetada al poder, no como algo metafísico, sino como algo material que decide nuestro destino, o al menos lo intenta con las diferentes armas de que dispone.

En la estepa musical de nuestro país, algunas veces surgen chispas luminosas y abrasivas que retumban frente a lo acomodaticio y lo subvencionado. O se está con el poder, o se está contra él. Erizonte lo tiene claro en este disco tributo a OPS.

Disco imprescindible. Pero aviso, no es apto para los que aborrecen los sonidos chirriantes y la música atonal. Este es un disco de aquello que llamaban vanguardia

El acertado diseño gráfico está acompañado de una selección (realizada por el propio Rábago) de sus viñetas, ilustrando cada una de las composiciones de los protagonistas de este disco colectivo. 

Puntuación: 4/5.

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Por Sergio Sánchez