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18.6.24

Acerca del uso del ruido en la música popular



Acerca del uso del ruido en la música popular es el título que he elegido para esta especie de reflexión, algo diferente a lo que podríamos señalar como un pequeño artículo. He buscado el tiempo que no tengo porque la temática me obsesiona desde hace varios lustros. Y porque la apuesta de largo del autor (tras décadas escribiendo sobre música y cultura) bien lo merece. Bien, se trata sobre la reciente publicación en Alpha Decay de Un cortocircuito formidable: de los Kinks a Merzbow: un continuum del ruido, libro del crítico y divulgador cultural (i altres coses mésOriol Rosell

Este acercamiento a la historia del uso del ruido en la música popular y la experimental, consta de 235 páginas (si no me equivoco) y debería cortocircuitar los prejuicios de la gente acerca de los ruidos (siempre con connotaciones negativas y opuestas a la música). Incluso a los que detestan profundamente cualquier tipo de ruido. Desconozco si esa era la idea original, pero desde el inicio, incluido el más que correcto (por definitorio y sintético) prólogo de Javier Blánquez, hasta el último capítulo, se nos avisa de que esta publicación no es un trabajo exhaustivo sobre el tema en cuestión. Algo que agradecerán los que llegan a él desde el desconocimiento pleno de ciertos estilos y corrientes musicales, que por otra parte, están alejados del público (incluido el más joven). 

Mi percepción es que aún así, sí que explica de manera sencilla y clara (para las masas) cuales son las bases del marco teórico y práctico que incitaron a que en el pasado siglo (en sus inicios) el uso de sonidos atonales, estridentes y nunca antes considerados música, sirviera a ciertos proyectos musicales (académicos, populares y experimentales del submundo underground) como una vía correcta de expresión, aunque solo fuera a un nivel meramente estético. Y lo complicado del asunto es que esa aparente claridad arroja luz, más que dudas, en este proceso gnoseológico con forma de pequeño libro. Y eso es todo un logro.

Desde un punto de vista que podríamos considerar de acracia lúcida, los derroteros que sigue Rosell en el libro son los de mostrar ciertos aspectos nodulares, y diría también que azarosos, de lo que a la postre sería el fenómeno y referente contracultural más destacado del siglo XX, el ruido como elemento creativo, de comunicación, y de arma arrojadiza en el arte. Lo más destacado para él, y no desde un punto de vista únicamente estético, desde el subjetivismo (obviamente) con fundamento, es que repasa momentos que cambiaron la historia de la música reciente, con discos y nombres de referencia, en un sentido amplio, que gustará seguramente a los neófitos y amantes del pop y el rock más minoritario. 

Lo que resulta paradójico es que un libro (necesario y ameno) como este, se publique en un tiempo que en mi opinión podría considerarse como el de la resaca del noise. Ya que su época de esplendor, al menos a nivel popular y contracultural, al margen de lo académico y aparentemente serio, abarcaba la última parte de los años 70 del pasado siglo hasta la mitad de los años 90, cuando ya los sonidos más ruidosos (por ejemplo en el ámbito del rock) estaban tan familiarizados que en los bares la juventud sónica escuchaba a grupos de rock marcadamente ruidosos sin que nadie se "tirara de los pelos". Algo que ahora sería impensable en la cada vez más aséptica música pinchada en los "locales de marcha". En cierto modo, y permítanme la expresión, "vamos como los cangrejos". 

Es más, en El ruidismo como realidad sonora: la rebelión contra el arte burgués, publicado en la revista digital Sul Ponticello el 7 de mayo de 2015, un artículo que escribí y donde di rienda suelta a mi pensamiento en ese momento sobre el ruido, su uso como herramienta para el arte (ruidismo), y las consecuencias directas e indirectas que tiene según su uso (más allá de lo estrictamente musical),  recibí ciertos comentarios de músicos de los 80 que participaron de ello de manera protagónica, y de manera crítica, alegando que eso del ruidismo como concepto de arte en la música y de expresión social y generacional ya estaba más que superado. Y que debería ser condenado al rigor mortis. Esa subjetividad repleta de prejuicios (por motivos que desconozco) no era para nada creíble. Pero no porque no tuvieran parte de razón, que la tenían, sino porque hasta la última coma olía a derrotismo.

En el primer párrafo de ese artículo escribí lo siguiente: "La finalidad del ruidismo como movimiento estético y "musical" consiste en la oposición a los atractivos de las formas sonoras ya hechas de antemano, las consideradas como tradicionales. Pero deberíamos preguntarnos si en la actualidad el ruidismo como género contundente y visceral por antonomasia es aún el gran movimiento de reacción capaz aún de cambiar la música". 

Casi una década después, no cambio ni una coma. Y lo mejor, nueve años después se publica este imprescindible y atractivo libro, que ni es libelo (lo que dirían sus críticos), ni una enciclopedia (ni falta que hace), ni un testamento de algo caduco y muerto. Todo lo contrario, es una guía (ciertamente incompleta y puede que imperfecta en algunos aspectos) con una visión alternativa, muy global, y nada sectaria (todo un acierto), que ayudará (yo diría que iluminará) a algunos a quitarse el pasmo que la élite cultural dominante ha instalado en sus cerebros desde bien niños. En realidad, este libro está publicado "a contrapelo" contra ciertas modas actuales que con sus latigazos etéreos y de sobredosis de acoples y reverbs de bubblegum, nos empalagan hasta la saciedad. Lo acertado de la óptica elegida por Rosell es precisamente esa, la de no arrinconar aún más un estilo (o varios, porque son muchos) o más bien una manera de usar el ruido, que ya de por sí, está encarcelado en las mazmorras de lo minoritario. 

Así pues, mis sinceras felicitaciones al autor por escribir y condensar todo su pensamiento de años al respecto del todopoderoso ruido infiltrado en las músicas populares. Y también a Alpha Decay por sacarlo a la luz y no permitir que estuviera en un cajón guardado o en el mejor de los casos, escrito para una minoría en algún fanzine (imagino) de corto recorrido en la distribución.

El libro es muy ilustrativo de lo que fue esa corriente (muy diversificada y en ocasiones antagónica), y desbroza la tradición noise desde sus orígenes futuristas (acertadamente propone como piedra angular a Luigi Russolo) hasta el uso de la música popular de las estridencias atonales, la música industrial, el llamado japanoise y la electrónica más ruda y anti melódica. La conexión está ahí, Oriol Rosell la muestra en sus seis capítulos (incluido el epílogo), y es todo un acierto frente a las visiones sesgadas y estanco que ciertos gurús de la crítica musical (principalmente de la electrónica) han ofrecido habitualmente desde hace años. Pero la realidad es tozuda. Más aún, la verdad es revolucionaria. Y este libro tiene mucho de verdad.

El nexo aparentemente inexistente entre El arte de los ruidos de Luigi Russolo, Pierre Schaeffer, The Kinks, MC5, el Lou Reed de Metal Machine Music, Throbbing Gristle, Monte Cazzaza, Emil Beaulieau, Hijokaidan, Boredoms, Masonna, Hanatarashi, Toshiji Mikawa y Earth, es irrefutable. Un cortocircuito formidable defiende esa tesis, que en mi opinión es acertadísima.

Pero no me sorprende, ya que desde hace años conozco la posición de Rosell acerca de estos temas, y también de que estaba "rumiando" la idea de publicar un libro introductorio y total sobre las distintas propuestas sonoras y acercamientos al ruido como elemento primario para la expresión. 

De cualquier modo, este acercamiento  transversal y anti sectario es arma contra las mentalidades obtusas y cuadriculadas, donde la historia del ruido en la música (que no la historia musical del ruido) explica mejor que algunos historiadores revisionistas y positivistas, el pensamiento y el devenir sociocultural de los últimos cien años, a través de unas músicas (perdón he dicho música) que de forma oculta y soterrada nos han acompañado (cuando rompían el silencio impuesto de la dictadura capitalista) sin que nos diéramos cuenta. Este libro, que os recomiendo encarecidamente, es muy didáctico, nada neutral (afortunadamente), algo denso por la cantidad de información y de nombres desconocidos para el gran público, pero muy ameno. 

Con un estilo certero que aparca saturaciones hipster impostadas y traídas de la tierra de las barras y estrellas, el libro ayuda al común de los mortales a desentrañar los tipos de propuestas diferentes que algunos grupos y artistas han desarrollado en sus contexto histórico y cultural. 

En los años 60 del siglo pasado The Kinks (interesante inclusión del grupo británico en este libro sobre ruido que alertará a los adictos radicales del japanoise), los escoceses The Jesus & Mary Chain, (icónica banda del indie rock), o Masami Akita con su heterónimo Merzbow (todopoderoso dios del ruido para el público más generalista). 

¡Importante! 

Esto significa que no es un libro sobre japanoise, y demás subgéneros radicales del noise más crudo. Gustará tanto a los más eclécticos y anti talibanes amantes del rock menos anquilosado, como a los completistas de discos de William Bennett y sus compañeros cabrones de viaje ultra noise rock. Porque en definitiva, quien piense que en un libro no puede compartir páginas Kevin Shield, Throbbing Gristle o Whitehouse, es que no tiene ni idea, independientemente de lo que se piense de las producciones musicales de los artistas citados. 

Repito, no es un libro de ruidismo (ese concepto-definición de los años noventa que tanto amo), sino del uso del ruido como elemento creativo tanto en la música popular (contracultural o no) como en la académica (vanguardista o no). 

Es cierto que no soy crítico cultural, ni articulista, ni prescriptor, ni columnista, ni entrevistador. Aunque he ejercido en algunos momentos de mi vida de todo ello, pero quiero que sepan que para quien les escribe, el ruido es un ineludible sismógrafo de la época imperialista industrial y postindustrial, que oscila desde el último tercio del siglo XIX hasta la actualidad. 

La cuestión es que ese recorrido de la música y el ruido, que incluso genera la propia sociedad interactuando en la naturaleza, y de ¡la propia naturaleza! (más ruidosa aún que el mundo urbano que generamos la humanidad), ha sido apartada durante décadas, incluso censurada como algo aberrante y degenerada. 

Por mi parte, el noise, ruidismo, o como queráis denominarlo, más allá del uso fagocitado del pop y del rock de la industria musical, es más necesario que nunca. Y aunque ha sido usado a nivel estético por gentuza fascista (que levante la mano el género musical que esté libre de grupos y música nazi), o por gobiernos autoritarios y dictatoriales (ráfagas de ruido contra manifestantes en la calle o presos encarcelados), el ruido es más que liberador, es simplemente un elemento natural más de nuestro mundo. Por cierto, sobre la cuestión del ruido como elemento represivo contra las masas revolucionarias, mi amigo Kamen Nedev podría realizar un master al respecto. No tengo duda de ello. Sin contenido político de lucha contra el poder, las propuestas noise aparentemente más viscerales, son inanes, inofensivas, y hasta cierto punto ridículas (en el mejor de los casos).

Como hijo de obreros y como obrero ocasional durante algunos años de mi vida, lo que para cierto tipo de gente es algo estridente, molesto (por atonal, anti armónico y arrítmico) para mí, el ruido (la mayoría de ellos) es la banda sonora de una clase social (la mía) que no se perturba con los decibelios "gruesos". Encuentro en ellos más musicalidad (perdón por describirlo así) que en ciertas partituras de compositores clásicos y populares. Algo muy Russoliano, por otra parte. Partiendo de lo que la gente considera ruido (algo molesto e insoportable a nuestros oídos), un pasodoble militar es para quien les escribe mucho más insoportable que los sonidos de una depuradora a pleno rendimiento, o una línea de producción de botellas de cristal para zumo (donde estuve trabajando durante un buen tiempo).

Lo que conocemos como noise es la antítesis de la tradición, y lleva años dando muestras de que es algo más que una dicotomía entre formalismo y antiformalismo, algo de lo que tal vez no se parte en el desarrollo de los capítulos, no le interese o tampoco sea operativo (a nivel ideológico) para el autor. 

Tal vez es que al deglutir el libro en un par de días, no he percibido "ese más allá" que esa dicotomía. Pero lo que queda muy claro es la intención de Rosell de mostrar este universo cuasi paralelo, como una manifestación cultural con un concepto del universo sonoro incompatible con la oficialidad y el orden inoculado en cada uno de nosotras y nosotros. 

La cuestión es si todo esto ya ha quedado caduco, puesto que el sistema económico capitalista, con su orden cultural y su ideología dominante, se ha apropiado (destruyendo toda la parte subversiva y abrasiva) de todo lo que representaba el noise como antítesis al poder establecido. No hay más que escuchar los ruidos domesticados de ciertas producciones comerciales de pop y R´N´B. Es ahí donde la "esencia" del ruido desaparece por el alcantarillado porque se empasta con la melodía. 

Si es melodía, no es noise. Digo esto como frase lapidaria, para sintetizar de forma radical mi filosofía sobre estas cuestiones, y para dejarlo claro. Por eso, los oyentes, mayoritariamente pueden aceptar ruidos en las producciones de música pop (no en el sentido de popular), pero nunca escuchar más de un minuto la saturación ruidosa e irritante atonal y anti armónica de un sonido que se eterniza durante minutos, o incluso horas. A no ser, por cierto, que se acompañen de imágenes en una proyección, o una película. Pero eso es harina de otro costal y que merecería otro artículo. Os pregunto: ¿Dónde están los sonidos ásperos, marcadamente sucios y molestos en esas producciones aparentemente super avanzadas? Enterrados, la industria musical no los permite. Que os quede claro. 

El conflicto estético, más que simpleza formal, lamentablemente no nos llevó a situarnos en ese motor de la historia llamado lucha de clases, en un sentido creativo y de organización, que nos debía llevar a un cambio transformador, que imagino es a lo que la gente decente aspira toda su vida. Al final, y aunque me cuesta escribirlo años después, el objetivo y resultado de una parte (no todos) de este tipo de propuestas (por muy radicales que sean) ha consistido en desorganización y destrucción derrotista, con una única finalidad que se sustentaba finalmente (y a niveles prácticos) en una oposición sin transformación, en un individualismo sin más poder que el de representar la angustia dentro de un sistema económico feroz y asesino. 

Mayoritariamente los músicos que hemos usado el ruido como herramienta compositiva y de expresión, hemos caído en algunas ocasiones en esa corriente mayoritaria. Es normal, en el mundo de la contracultura musical, también existen ideologías "dominantes" subterráneas que se manifiestan paralelamente a la mayoritaria y auténticamente dominante. 

Y el resultado es lo que tenemos, el noise como tradición (quien lo iba a decir) y elemento de estudio, y la fagocitación de sus premisas estéticas por los que siempre fueron, son, y serán nuestros enemigos (de clase). 

Partiendo de las palabras finales de Rosell en el libro, pero con otra idea similar, definitivamente considero que hay que seguir luchando aunque se fracase, porque al final llegará la victoria. Porque el ruido sí podrá vencer, saltando por encima de sus mil fracasos. De eso estoy seguro. Al menos, con este libro ya tenemos una batalla ganada. Ahora toca ganar la guerra.

Vivan los ruidos. ¡Larga vida al noise!

12.9.21

Low. Desde Duluth enterrando prejuicios.



"White Horses" avisa desde los primeros compases que los de Duluth van a seguir ahondando en la brecha abierta con sus dos discos anteriores, producidos por BJ Burton. Esta especie de falsa trilogía abre en canal las contradicciones de Low con respecto a la misma existencia. Lo bueno y lo malo de estar vivo, sin miramientos, con desgarro y mucha emotividad. 

Vuelven a una estética sonora armada con herramientas provenientes del mundo de la música electrónica no convencional, retorciendo aún más la idea originaria. Experimentando como décadas atrás hacían los maestros de la vanguardia, que no despreciaban ningún tipo de sonido por ruidoso que fuera.

En el disco habitan bases densas de pura niebla cortante e hiriente, palpitaciones convertidas en loops, y sonidos que desfloran esperanzas a través de unas melodías que se posicionan sobre ese muro sónico, aparentemente frío, pero que tiene más "alma" que muchas de las producciones que nos entregan los grandes popes de lo alternativo.

Low labran su camino iniciado hace casi 30 años, siguiendo la estela de grupos como los maravillosos Bedhead y toda aquella escena ya lejana que alguien definió como slowcore. Una etiqueta que la propia banda de Minesota rechaza. 

Recuerdo la primera vez que les escuché. Fue con la canción "Shame", de su segundo disco. Tras sus dos primeros álbumes en un pequeño sello discográfico, saltaron a mi idolatrado sello Kranky, hogar de algunas de las bandas más luminosas de los últimos tiempos. Pero fue en Sub Pop, sí, ese sello super grunge de la escena rock alternativa de los años 80 y 90, donde se mueven como pez en el agua y con total libertad para expresar su idea metafísica del mundo. No debemos olvidar que son de un lugar donde ser mormón es tan masivo como nuestra religiosa forma de convivir socialmente en España, la de ir de terraza en terraza en busca de bares.

Nostalgia, tristeza, esperanza, emotividad, sanación, depresión. Todo esto, y más, puede concentrarse en una canción tan redonda como "All Night", que podría haber sido el single, pero no lo es. Esa composición es uno de los mayores aciertos del disco, que ya es el decimo tercero, si no me equivoco.

Equilibrado pero al mismo tiempo intenso, y con producción con capazas de distorsión para el cultivo de cualquier tímpano descarriado y perdido, encontramos el él una evolución en el proceso de creación de las canciones y también en el orden elegido para cada de una de ellas. En definitiva, es el summum de esa búsqueda constante de certezas que nunca serán comprendidas en su totalidad. 

Por otro lado, la forma coral de las melodías, asentads en esa acalma marca de la casa, sigue siendo seña identitaria de Low, a pesar de que busquen revestirlas, con más ahínco que nunca, de un rugoso magma de ruidos engendrados mediante distorsiones con estructuras repetitivas, o con ingredientes tan intensos como acoples lujosos que añaden suntuosidad a la idea aparentemente básica de los de Duluth. 

Los cambios bruscos entre la calma aparente y la oscura densidad dan más corporeidad y sinergia a un disco que en ningún momento peca de pesadez. Esto no significa que sea un trabajo fácil de escuchar (tampoco es difícil) si partimos de la media de producciones del universo pop-rock alternativo que nos presenta esta época que vivimos donde el reciclaje, la mutación, en incluso la fagocitación de estilos, son santo y seña  de nuestro tiempo presente.

Está claro que bandas como Low son valientes, pero no innovadoras. Se adentran por caminos y derroteros ya pisoteados hasta la saciedad por proyectos experimentales de otros estilos casi siempre más arriesgados, pero se agradece, y mucho, que estas apuestas desde el rock basen su trabajo expresivo-sónico en el ruido.

Los primeros que me vienen a la cabeza son Sun O))), dúo formado por Stephen O´Malley y Greg Anderson (pero sin esa espiritualidad), o incluso el proyecto (amado por Kurt Cobain) Earth cuyos sonidos más primitivos influyeron a multitud de bandas de rock más inquietas. Eso sí, Sun 0))) entran al templo para bajar a los infiernos, mientras que Low lo hace para adorar a Dios. Trabajos de músicos como Tim Hecker, Lawrence English, Aidan Baker, y toda la retahíla estética basada en el ambient y el drone más áspero (tanto en el mundo rock como en el electrónico), han hecho mella en estos creadores de oraciones populares.

Si a través de la escucha de Low, los amantes de la música rock más alternativa llegan a otros universos sonoros, bienvenidos al lado "oscuro" de la música porque dejarán de ser infieles provenientes de la Sodoma que renegó en distintas ocasiones de todo lo que sonara a electrónico y conformara estructuras atonales ruidistas. ¿Los más fundamentalistas llegan tarde? Tal vez, pero al menos, entran en el salón de los caídos para adorar, sin saberlo, todo lo que antes criticaron. 

"Hey What" es una buena entrada al mundo de lo bello a través de la falsa fealdad. Sin importar que el pop gestionado por las grandes multinacionales, y ahora plataformas de música en streaming, fagocitan todo lo nuevo para convertirlo, en ocasiones, en algo rancio. Esperemos que con Low no suceda. Mientras tanto, escuchen este nuevo trabajo (espero que no el último) que como mínimo no defraudará a los que buscan experiencias más allá de la diversión y el hedonismo mal entendido.

Nota: 8/10





3.11.13

Teaser Mary X - "An Industrial Tribute To Eraserhead

26.10.13

Mary X. Tributo a Eraserhead ya a la venta.

Mary X ya tiene su primer disco CD. Un tributo a la película Cabeza Borradora de David Lynch.
Pueden adquirir su copia a través del sello GH Records. 
Si te gusta el noise, el dark ambient, los sonidos fabriles e industriales y la abrasión claustrofóbica de las imágenes de Lynch es esta película de culto; te gustará este trabajo de Mary X, la banda sonora alternativa de Eraserhead. 
Edición LIMITADA de 100 unidades.

20.10.13

Mary X

Mi nuevo proyecto musical, Mary X, podrán disfrutarlo/sufrirlo en la presentación del disco homenaje a la película de David Lynch "Eraserhead". El concierto se celebrará el 29 de noviembre de 2013, en la Sala Plutón (Calle En Plom, s/n, Valencia).




10.7.11

Hal McGee at Action Research #72 dual handheld cassette recorders noise ...




Esplendorosa actuación del rey del cassette-noise norteamericano.

El de Florida, vuelve a la carga con sus míticas series sobre manipulación de sonidos capturados con pequeñas grabadoras. Pura improvisación. Pueden seguirlo a través de sus copiosos videos en youtube.



MICROBIO:
Hal McGee trabaja experimentalmente con los sonidos desde 1981. Creó un sello llamado Cause & Effect, donde distribuían 5000 ejemplares por edición.
Ha trabajado con Merzbow, Nurse With Wound, Haters, Borbetomagus, Controlled Bleeding, Robert Rich, DDAA, Blackhouse, Pacific 231, Human Flesh, F/i, If Bwana, Algebra Suicide, Jabon, Psyclones, Monochrome Bleu, Vox Populi!, and Master/Slave Relationship...

Ha editado también numerosas compilaciones como Tape Heads Cassette Compilation Project o Quotidian Assemblages compilation project. Su última serie de recopilatorios internacionales es International Email Audio Art Project, que aún no ha finalizado, y en el que diversos músicos y artistas sonoros contribuyen con una pieza de 60 segundos.

Su página WEB es la siguiente: http://www.halmcgee.com/